Buscar este blog

martes, 11 de febrero de 2014

La arrogancia y el aplauso


Busca el Cielo bajo tus pies. Fotografía Osmar Romero


Conversaba con una de mis más grandes amigas,  esa clase de conversación que sólo se permiten los grandes amigos, sincera, alegre, sin temor a qué decir, totalmente desnuda, con silencios pertinentes. El tipo de conversación que sostienen aquellos cuyas vidas han estado emparentadas por la vida misma; con fuertes lazos de amor, confianza…
Hablábamos de capítulos importantes que atravesaron nuestras vidas, tratando de explicarnos cosas que ahora vemos diferentes… la madurez, pensé. En aquella época éramos arrogantes, pero nuestra arrogancia tenía su propio y soberbio escenario, era una arrogancia bendita por el arte, en el que sabíamos éramos buenos, mas por la pasión en lo que hacíamos que por una condición especial de vida. Reímos reconociendo que socializábamos muy poco, o con pocos, pero nuestra arrogancia palidecía ante la humildad de nuestra entrega en escena, donde dejábamos la sangre… y entonces, el estruendo del aplauso nos ungía de la gracia del espíritu sincerado, del alma exorcizada por nuestra representación.
La arrogancia sólo puede ser arrogancia cuando el fin convierte al otro en una clase de ser especial, es entonces así como descubre la estirpe de donde nace. La arrogancia sólo puede ser arrogancia si se entrega por entero a la justicia. La arrogancia es arrogancia, sólo cuando es capaz de señalar caminos de esperanza con auténtica firmeza, de guiar a los estadios más excelsos de la estética, de la libertad… de la felicidad. La arrogancia es un valor sincero que se descubre ante cualquiera sin temor, porque la arrogancia no tiene miedo a la censura.
La arrogancia habita en el corazón de aquel que está dispuesto a darlo todo para llenar los espacios sin límites de los escarpados vacíos que a veces a manera de circunstancias se apoltronan en la vida para dejar huellas.
Me quedé observando a mi amiga y reiniciamos la risa que por segundos había quedado paralizada entre los dos… Entonces le dije Sí, somos arrogantes!

Buenas Noches... Descansen

La Suerte de la vida



 A mi primita Andreina


En estos días me distraía frente a la tele, viendo un programa de Discovery que hablaba del Universo, las teorías de su formación, el big bang, etc, etc, muy interesante por demás. No soy muy dado a distraerme pensando cuán difícil debe haber sido para toda esa cantidad de partículas de los que está conformado el universo, reunirse hasta producir la maravilla de la vida como la conocemos. Sinembargo a pocos días de eso pude darme cuenta de otras cosas que hicieron modificar mi opinión.
Decidí salir a caminar un rato sin dirección particular. La caminata me llevó a una plaza donde había mucha gente. Me senté a contemplar esa dinámica tan hermosa que crean los seres humanos en los espacios abiertos,  debo confesar que me distrae observar a las personas en diferentes situaciones y jugar a predecir sus acciones. Al poco tiempo vi que se aproximaba hacia mí un niño con uno de estos juguetitos electrónicos, que a mi edad cuesta apreciar su valor  (¡claro! yo llegué antes del pacman y lo del Mario Bross y todo eso). Me atreví entonces a preguntarle de que iba el minúsculo aparatito y viéndome con extrañeza me preguntó: ¿Quieres jugar? Le dije que de ninguna manera osaría tocar ese aparatico estresante por demás. Volvió a verme,  se colocó a mi lado, casi paternalmente y comenzó a explicarme de que iba el juego. Al poco rato le agradecí su paciencia y le dije que esperaba algún día poder jugar como él. Me miro con cierto aire de piedad, me obsequió una pequeña sonrisa y se fue perdiendo en la distancia como las imágenes de ese universo que según algunos teóricos, sigue y sigue expandiéndose infinitamente.
Repentinamente, sentí que me recluía en una especie de atmosfera en la que entendía que aun cuando no podía superar la destreza de aquel chiquillo, había podido interceptarlo en ese preciso segundo en el que ambos corazones latieron juntos para producir ese encuentro. Al volver a esa realidad particular de esa plaza, pude apreciar como volvieron los sonidos, los rostros de las personas, las correrías de los niños… ¡Vi el universo! Y pude darme cuenta que en aquel lugar especial era imposible no contactar a otro de manera extraordinaria… Pensé entonces que no fue tan difícil para el universo cumplir la misión de crear la vida y que mientras yo me quedaba sentado observando el universo particular de la plaza él seguía creciendo en los pequeños pasos del niño que jugaba con su aparatico electrónico. Sonreí…
La vida no es simplemente una suerte, es un juego en el que la ruleta rusa apostó a nosotros, creyó en nuestras posibilidades como especie frente a un laberinto de innumerables salidas y entradas y que finalmente sigue dándonos la oportunidad de crecer
Feliz noche para todos…

Elio Montiel