A Paulita,
para que siempre crea en los Reyes...
Los
Libros desvelados
La plaza respiraba a la tenue luz de un farol que parecía recostarse adormecido sobre una banca solitaria que tenía una pata rota.
Bajo la pata se
encontraba una pequeña torre de libros y revistas ingeniosamente utilizada como
soporte para socorrer la invalía de tan triste asiento del parque. En él,
depositados en el olvido, tres libros apilados en desorden movían sus páginas
al viento, como si de una conversación se tratara.
Seguro que, si acercábamos
nuestros oídos, podríamos entender el circunloquio que cada uno tendría, en
relación a su situación actual.
¡Pues como te puedes
dar cuenta, nos han dejado olvidados en este recodo del mundo donde ya nadie se
interesa por nosotros! Dijo un muy manoseado libro de filosofía que debió haber
visto mejores días en su época de impresión.
Obviamente mi querido
amigo, el interés por lo verdaderamente valioso, ha dejado de tener importancia
para quienes en principio nos acariciaban deseando el absoluto saber. Dijo
entristecido "Poesía de amor".
Y qué decir de
nosotros, ¡los que hemos avanzado en la historia de la humanidad enseñándoles
la construcción de sus hogares, puentes, pirámides y edificios que llegan a
tocar en infinito al cielo! Agregó un orgulloso y enfadado "Matemáticas
Aplicadas a las Ciencias"...
Una brisa fuerte
removió las hojas de aquellos personajes llevando sus páginas casi hasta el
epílogo y arrastrando algunas hojas secas que terminaron ocultando la portada
de una revista de modas que de ipso facto reclamó indignada aquel atropello.
¡No basta que me
encuentre aprisionada entre estas sudorosas y malolientes revistas de deporte,
sino también sufrir el escarnio de esta porquería de hojas secas que vienen a
ensuciar mi fabulosa portada! Farfulló mirando con molestia a los libros
que se encontraban en el asiento del banco, y remató. ¡Qué dirían mis amigas de
Vogue o mi Editor y publicista si me viera en estas fachas!
Creo que no dirían
nada, ya ni tan siquiera nos miran. Yo estoy debajo de todos Ustedes, ¡cuerda
de aprovechadores mercantilistas! Dijo un bastante despaginado libro de
Economía.
¡Oh! Mi querido Atlas
de las ciencias económicas, llevas el peso que de alguna manera tú mismo has
provocado. Le espetó "Filosofía" y como diría mi querido Immanuel,
"el todo es más que la suma de sus partes" y creo que tú te
llevas mucho de eso.
¡Más de lo mismo, más
de lo mismo! Dijo Sport ilustrado. ¡Entrenen formen sus cuerpos, levanten el
lomo y hagan brillar sus portadas desde el índice hasta la última página de
publicidad y no pierdan el tiempo en tanta charla innecesaria!
¡Tu sigue pujando que
es para lo que sirven esos músculos! Grito desde la esquina contraria del banco
una muy reluciente "Forbes" olvidada allí hacia poco tiempo por algún
desprendido transeúnte.
En todo caso, a todos
por igual nos han lanzado a la hoguera del olvido, sin importar el destrozo que
hacen de su propia civilización. Dijo un deprimido "Manual de
Deontología" que se encontraba arrimado al costado de las revistas.
¡Habla alto que no te
escucho! Grito con gran esfuerzo "Ética” aprisionada entre las ramas de un
árbol que se encontraban bajo el Banco. Morimos en el placer de la vida que nos
toca, sin darnos cuenta que nuestra importancia estriba en lo que damos, cómo
lo damos y que tanto provecho se obtiene de ello, sin embargo, si desconozco la
verdad sobre mí mismo no puedo esperar que mis acciones respecto al mundo que
me rodea sean de gran ayuda.
Filosofía continuó.
¡En efecto mi querida Ética! Deduzco que lo que quieres decir es "Conócete
a ti mismo y conocerás al mundo".
En cierta forma sí.
Respondió Ética. No obstante, los individuos, incluyéndonos, debemos abogar por
entender cómo queremos ser, o vivir con nosotros mismos de cara a los demás.
Eso tiene relación con
la moralidad. Respondió el libro de política, tratando de salir de debajo del
grupo de libros que servían de pata al banco...
Lo que hoy es tan solo
un simple nombre femenino que se ha perdido entre las sombras de la deslealtad,
indignidad, desapego, la ausencia de ley y la falta de fe... En pocas palabras
una doble fachada según sean los intereses...
Gracias Sr.
Diccionario Dijo Historia Universal. Usted es un gran académico.
Demasiado enumerativo
para mi gusto exclamó Política. Bajo las miradas inquisitiva de Filosofía y de
Ética.
La repetición de los
hechos a través del tiempo es una declaración ignominiosa de una verdad; El
hombre no ha entendido lo que le hemos contado en nuestras páginas y siguen
cometiendo los mismos estúpidos errores a lo largo del tiempo.
¡Si! ¡Pero aún queda
la vía de la redención, del perdón! Argumentó Teología. Si, sí. Dijo filosofía
en un poco pretendido sentido del humor.
Así, iba pasando el
tiempo, entre discusiones y críticas, cuando de golpe todo quedó a oscuras y
una voz desde las alturas se escuchó decir.
¡Basta de chácharas
interminables y déjenme dormir! El problema esencial estimados sabios es que el
hombre por más que ustedes deseen su perfección, no la logrará hasta entender
su grandiosa sabiduría llevada a la práctica, del resto todo serán meras
palabras que abonarán el egoísmo, las diferencias y la egolatría. Así que
por favor por lo que queda de esta noche quédense en silencio.
El farol se estiró
largamente en un largo bostezo, apagó su luz y se encorvó nuevamente para
seguir durmiendo.
Elio Montiel
A veces se nos ocurre mirar atrás y vemos con nostalgia aquellas cosas que hemos perdido a veces sin querer a veces por necesidad de olvido...
A veces, en mis recorridos
insomnes por el patio, la encontraba parada en su soliloquio silencioso. Con
frecuencia me acercaba para intentar captar sus murmullos, sin embargo, solo
notaba un movimiento de labios que besaban el viento, la mirada absorta al
cielo y el continuo repiqueteo de sus dedos sobre los brazos, siempre cruzados,
siempre abrazándose… siempre precisos.
Una mañana, al salir de
la casa, la encontré caminando sola. Esta
vez, simplemente perecía buscar hojas y pequeñas flores por el camino, me puse
a su lado y se volvió para reconocerme y decir - ¡Buenos días! Con una sonrisa
triste siguió andando como si tan sólo hubiese visto una sombra, una triste
hoja llevada por el viento, con esa mirada que parecía salir del entrecejo,
taciturna, perdida en la observancia de un paisaje que sólo le era permitido a
ella. Con a penas unos pequeños pasos y la mirada caída hacia el suelo; se
regresó y dijo “La vida es como una fiesta en traje de etiqueta… no sabes que
estás en ella hasta que termina de sonar la música. Fue entonces cuando me di
cuenta, que aquellos pequeños pasos, fueron un intento de baile acompañando la
melodía que sonaba en su cabeza.
Con el pasar del tiempo,
observé que hacía lo mismo cada vez que a solas, salía a caminar por aquel pequeño
mundo insondable de hojas secas y flores silvestres en el que parecía
mimetizarse de recuerdos y soledades. Así, un día tras otro me acostumbré a la
rutina de seguirla. Algunas veces cuando salía de casa, otras, tan sólo con la
mirada. En algunas ocasiones me colocaba a su lado e intentaba conversar, pero
solo obtenía de ella el reflejo de un profundo sentimiento de tristeza que dejaba
de existir entre las flores y las hojas secas, el perfume que traía la brisa del
mar y las noches estrelladas.
No tardó mi insistencia en
lograr que sus palabras salieran en forma de largas historias alimentadas de un
mundo interior que le acosaba; uno donde el amor se había esfumado con la leve
brisa de una tarde y en el que lo seguía buscando; uno en el que se dilataban
las horas en espera de la llegada… uno donde la vida que había nacido de ella
se acunaba en otros brazos, los mismos que le hacían invisible y la convertían
en un espejismo en el desierto de su permanente soledad.
- María Eugenia. Dijo una
vez como quien cuenta un secreto. Sonrió y su mirada en apariencia tímida,
regresó a las profundidades del abismo en el que vivía rodeada de flores y
hojas secas.
Llegó un día en que salí de
aquellos parajes para no volver en un largo tiempo. Cuentan que, durante mi
ausencia, María Eugenia empezó a borrar sus memorias, ya nunca más tocó el
piano y dejo de frecuentar el patio en las noches estrelladas. Ahora pienso con
tristeza que quizás la música también dejó de sonar en su cabeza y que ya no
habría nadie que mencionara su nombre para impedir que se hiciera invisible.
Quizás también haya
borrado su nombre para desaparecer en medio de un torbellino de flores
silvestres y hojas secas.
Elio Montiel
Serie de cuentos cortos
Pedirás por favor el
descanso en esta hermosa tarde que se desprende llena de sol y en la que
intento caminar bajo la mirada celosa de tus ojos, esos mismos ojos que se
escurren detrás de la tasa de café para brindarme tu serenidad y consuelo en el
mismo mar que nos angustia.
Bajaremos como tantas
otras veces, la cuesta de las reflexiones intentando tomarnos de la mano,
comprendiendo, quizás la individualidad de cada uno dentro de lo unidos que
somos. Uno de los dos con un abrazo se confesará deseoso de estrechar nuestros
cuerpos; entre tanto, el otro, recordará que hubo momentos iguales y se
sorprenderá pensando cuantos habrá en el futuro.
Bajo la sombra tibia de
los árboles en el camino, nos sentaremos como aquel día en que no te dejaba
leer el periódico de la tarde y terminamos bebiendo en la copa de las
confesiones, bajo el manto de nubes de lluvia en un cielo ansioso de estrellas.
Repetirás al igual que yo
la promesa de siempre y comentarás cuanto te impresionaron las noticias de la
tarde como pretexto para recostar tu cabeza en mi hombro y decir que te hizo
daño el desayuno o el almuerzo; y entre comentarios a un azar que solo tú
entenderás, volverás a pedir el descanso en esta tarde hermosa que se desprende
de sol y acabarás durmiendo sobre mis piernas y yo acariciando tus cabellos
observando el camino de regreso a casa…
Elio Montiel.
Sabré que llegaste,
por la brisa helada que siempre dejas entrar
y azota las puertas,
quiebra los cristales de la ventana…
como un espíritu que intenta recobrar su pasado físico
lleno de contrastes.
Sabré que llegaste
porque se habrá esparcido en el aire
el aroma extraño que deja el recuerdo.
Y los pétalos mustios al pie de la botella
dirán ebrios de tristeza que partiste
con la última hoja de otoño
que se llevó la brisa…
Casa vacía
Elio Montiel
Apolinar parecía distraído
observando la nieve caer, mientras en su cabeza evocaba los tiernos capullos de
los árboles de fuego que rodeaban los caminos de su lar. Se abrazo cobijándose entre
sus brazos como si tratara de detener el frio que penetraba hasta los huesos y
en un murmullo que se extinguió con el sonido del viento, exclamó ¡Dios que
frio!
Deseó sentir el fuego que
abrasara su cuerpo al escribir aquella carta donde su ser desbordó toda la
pasión que sentía por su amada. Respiró el frio aire que sintió astillarse en
sus pulmones y volteó su rostro al camino de sangre y peste que quedaba tras de
él. La noche había sido larga; para la muerte, solo segundos en los que la vida
escapó de muchos cuerpos. Volvió a desear que el amor lo inundara, como antes
de aquella parálisis que finalmente engendró la ira de todos y que ahora protagonizaba
aquel camino a su espalda.
Elio Montiel
De la serie Cuentos
cortos
Píldoras para dormir
conmigo mismo
Paz. Emon
GIF. 2022
¡Ay Falito! generalmente cuando uno se enamora, no ama... simplemente está, eso, enamorado, que es lo mismo decir abobado, como medio demente e incluso amariconeao.
| El abuelo y la Niña - El hilo rojo |
| Serie Azul: Huele a Van Gogh Emon. Esfumatura en papel |
Cuando se dio cuenta que habia estado caminando en círculos decidió entonces hablar con un búho que había visto posarse en una rama justo cuando volvía a pasar por un arbusto con cerezas donde se había detenido a comer.
¡Quisiera salir de este camino que me lleva siempre por los mismos lugares!
En el árbol de todas las luces se encontraban
los espíritus de las personas que habían vivido en el pequeño pueblo de
Santorales; llamado así porque las personas que lo habitaban solían dedicar sus
vidas a enseñar a valorar las vidas de otros sin distinción de especie o
condición alguna. Para todo habitante de Santorales, cada cosa existía porque
había un lugar para ella.
Como “buenas gentes” que eran, solían creer en
augurios y profecías. Una de ellas rezaba que si alguna vez el árbol dejaba de
iluminarse podría desatarse una gran tragedia que acabaría con Santorales, los
pueblos circunvecinos y aún más allá de sus fronteras conocidas.
La familia Hospedales, tenía a su cargo la
protección del árbol desde tiempos inmemoriales y eran una especie de patronos
del pueblo. Cuentan que el árbol de todas las luces era el producto de la
sangre de los familiares fallecidos en el pueblo; vinculados históricamente, por
fortuna de las uniones y parentescos que se establecieran al pasar los años, y
que al fallecer, subían en forma de luz incandescente por la colina hasta
llegar al prado donde se unían al árbol
La vida transcurría apaciblemente en aquella
región donde todos los días podía verse al árbol de todas las luces, prodigar
con su resplandor a todos los pobladores, desde lo alto de la colina que
enseñoreaba el pueblo desde tiempos en los que según narran los santoraleños
llegaron a esas tierras los hermanos Hospedales, quienes fueran en principio
los propietarios de largas extensiones de terreno por derecho fundacional.
Luego de la muerte de algunos de sus miembros
por una extraña enfermedad, los Hospedales, entre muchas otras decisiones, se
comprometieron a sembrar un árbol en homenaje a los caídos por la enfermedad
que azoló a la familia y a compartir las tierras con otras familias que iban
estableciéndose en las cercanías.
Cuentan que por aquellos días comenzaron a
verse pequeñas luces como brazas que se agrupaban en el árbol con cada
fallecimiento que acontecía y que durante las noches una breve luminiscencia se
desprendía del árbol sembrado por la familia en los primeros años, lo cual era
la principal atracción para los viejos y nuevos pobladores del lugar.
Lo cierto es que el árbol se robustecía día con
día y su luminiscencia solo aumentaba cuando había un fallecimiento, bien de un
miembro de la familia Hospedales, bien de algún otro habitante del pueblo. Tal
descubrimiento fue hecho por Bienvenido Hospedales, quien notó la relación
entre los fallecimientos y la aparición de nuevas luces en el árbol.
Relató Jacinto, el hijo menor de Severiana
Hospedales, que pudo ver una madrugada muy temprano, como subía hacia la colina
una pequeña llamarada que se fundió con el árbol. Al aclarar el día, supo que
el Maestre Bernardo quien en su juventud fuera marinero, había fallecido
durante la noche cercana a la hora del gallo. Dijo Jacinto que fue esa mas o
menos la hora en que vio subir aquella pequeña llama que atizó la luz del árbol
durante unos segundos.
Varias generaciones de Santoraleños fueron
testigos de tales eventos y el aumento del fulgor que daba nombre al árbol. Ya
todos en el pueblo estaban enterados de esa particularidad que termino convirtiéndose
en una especie de verificación de fallecimiento el hecho de ver subir hacia la
colina una flama que concluía su camino en el árbol de todas las luces.
Las discusiones giraban en torno a si era el
alma, el espíritu, la esencia, la energía de los difuntos… Los menos crédulos
simplemente pensaban que podía ser la energía de la vida convertida en fuego.
Los amigos de filosofar solían argumentar que mas bien era la confirmación de
la transformación de la existencia en algo más profundo de lo que se alimentaba
el universo. Severiana, la más vieja y matrona de los Hospedales, explicaba que
eran, las almas en pena de quienes no habían culminado su misión para con el
pueblo y que por esa razón mantenían esa llama como recordatorio para quienes
en vida olvidaban su responsabilidad de los unos con los otros. Tal era la
función del árbol de todas las luces.
Aun cuando todo esto era una experiencia local,
con el paso de los años fue haciéndose conocido fuera de los límites de
Santorales, atrayendo cada vez más y más curiosos que querían conocer el
fenómeno, e incluso algunos visitantes convirtieron Santorales en su residencia
permanente. Motivado a esto las supuestas apariciones de ángeles, seres
extraterrestres y demonios, no tardaron en sumarse al repertorio de fábulas e
historias de Santorales; tanto fue así, que hasta los mismos santoraleños
comenzaron a olvidar las raíces de su propia historia y la iglesia que nunca
había existido en el pueblo apareció para hacerse cargo del nicho de beneficios
que tantos extraños acontecimientos podrían brindar a sus causas.
Severiana Hospedales advertía una vez sí, y
otras también, que podía estarse acercando el cumplimiento de una profecía que
le había sido confiada a la muerte de su madre. Recordó las palabras de su
madre en el lecho de muerte. Severiana… hija. La voz asfixiada de la madre le
decía. “La tragedia es el silencio y el
olvido…”
La hija menor del Maestre Bernardo supo de boca
de Severiana aquellas últimas palabras de la madre y le planteo a Severiana la
idea de buscar a alguien que escribiera la historia de Santorales. Dijo segura.
Si la profecía es el silencio y el olvido, que mejor que escribirla y hacerla
pública, quizás de esa manera perdería efecto la profecía y no tendrían nada
que temer.
A pocos días de la conversación de Severiana y
la hija del Maestre Bernardo. Un Turista curioso ascendió a la colina para ver
el árbol que ahora, también parecía haber adquirido propiedades sanadoras según
contaban algunos visitantes.
Jacinto Hospedales decía que en todos los años
de su vida jamás había sido testigo de algo como eso y que todo parecía tener
visos de algún tipo de estratagema con la que se beneficiaría algún interesado;
algún “avispa‘o” de fuera del pueblo.
Ese mismo día por la tarde, encontraron el
cadáver del Turista que al parecer rodó accidentalmente por la cuesta empinada
de la colina y se partió el cuello. Nadie supo del acontecimiento porque no
vieron ninguna luz escalando hacia el árbol; por el contrario, les pareció que
el árbol había perdido luminiscencia. La aparición del cuerpo del turista y la
supuesta perdida de luz del árbol, causo una gran conmoción entre los viejos
habitantes del pueblo que estimaron prudente acudir a la casa de los Hospedales
y consultar a Severiana sobre lo acontecido.
Diga Usted Severiana, ¿qué es lo que puede
estar pasando? La vieja matrona buscó los ojos de la hija de Bernardo entre los
asistentes y asintió en silencio, haciendo que ésta saliera del lugar donde se
encontraban los congregados.
Una semana más tarde llegaría al pueblo Carlos
Cayetano Bustamante. Un periodista de la ciudad al que Diana Isabel, la hija
menor del Maestre Bernardo había logrado llamar la atención con la historia del
pueblo. Su motivación además del fantástico relato de Diana había sido la
atractiva recompensa que recibiría y que había sido acordada por Severiana y
algunos otros miembros de la familia.
Así fueron pasando los días; el Sr. escritor
como llamaban a Carlos Cayetano había estado visitando los lugares relacionados
con los incidentes y entrevistando a los nativos de Santorales. Por las noches
se reunía con algunos locales en un rancho que usualmente hacía las veces de
expendio de bebidas espirituosas y desde donde salía totalmente borracho.
Dormía casi hasta la hora del almuerzo y de allí se sentaba a escribir la “información”
que había recaudado, y que rellenaba con avezada pluma con toques de misterio e
historia amarillista que sabía le granjearía algo más que la suma acordada con
los Hospedales.
Llegó el día de entrevistar a Severiana, quien
aguardaba al “Sr. Escritor” en uno de los corredores externos de la casa donde
había hecho colocar su mecedora, una mesa de apoyo con su cesta de tejido, una
butaca y una mesa de servicio para el café.
¡Sra. Severiana! Se adelantó con la mano
extendida al ver a la vieja Matrona que se aproximaba por el corredor. ¡Sólo
Severiana! Dijo la anciana mujer. Aquí todos me tutean, no tiene por qué
edulcorar su entrada. Ya sé lo que hace y estimo que estoy un poco
decepcionada. Usted, simplemente se ha dado la gran vida a costas de la
preocupación y el temor de los ancianos del pueblo a la profecía. He leído sus
escritos y no son más que meras impresiones de mercader barato que busca
ganarse unas cuantas monedas de plata. Santorales merece mas que un simple
cuento de ultratumba que es lo que usted narra en esos papeles panfletarios. ¡Váyase
del pueblo! Porque por lo que estoy viendo su luz no subirá al árbol.
Carlos Cayetano, el escritor, había quedado en
letra minúscula ante las acusaciones de Severiana, quien no por vieja, perdía
la sagacidad carácter y empuje que había sido su marca de familia desde los
tiempos de la fundación. ¡Váyase! Ya no hay remedio para el pueblo. La profecía
ya echó a andar con el pobre turista que encontraron muerto en la colina. No me
había dado cuenta hasta que leí su panfleto; correo de medias verdades y
mentiras inconclusas que colaboran a que se siga extinguiendo nuestra historia
nuestras tradiciones y la memoria de los fundadores. Es así, como mueren los
pueblos. ¡Váyase cantamañanas!
El escritor salió casi alzado por las palabras
de Severiana sin decir palabra o al menos frase que se entendiera. Tropezó con
una saliente del piso de madera y cayó de espaldas produciendo una de las
últimas carcajadas que se escucharían en aquel caserón de los Hospedales.
¡Martina! Llamó la vieja matrona a aquella
mujer de servicio de la Casa Hospedales quien fuera su comadre y compañera de
años. ¡Avisa a Jacinto que se cierra esta casa! ¡que se cierra el pueblo!... y
casi mordiéndose los labios dijo. ¡Que se cierra la vida!
***
Nubes grises pacían inmóviles sobre las
montañas. Viejos caminos convertidos en trochas que parecían laberínticas y sin
dirección alguna habían cedido a la fuerza de los matorrales. Una colina que
parecía desvanecerse entre la niebla remarcaba el horizonte.
¡Matorral y bichos es lo que se consigue por
aquí! Dijo el hombre que seguía al que portaba el filoso machete con el que
arrasaba el monte. Una voz entre cortada por el cansancio, se escuchó detrás de
los dos primeros, diciendo. Cuentan las malas lenguas que aquí había un pueblo,
pero hasta ahora no he visto nada en kilómetros que se me asemeje a un centro
poblado. Lo que sí está claro es que se ve que es tierra fértil y continuó
diciendo. Cuando lleguemos… si es que llegamos a la falda de la colina,
instalamos el GPS para hacer las mediciones y la locación del área… porque esto
no sale en el mapa.
Dedicado a aquellos de más de cincuenta
Elio Montiel
Para Píldoras para dormir conmigo mismo.
Si, y muchos hablaron de su
fidelidad… Asintió convencido uno de los tertulianos.
Y Pedro murió diferente
Si, y muchos hablaron de su
fidelidad… Asintió convencido uno de los tertulianos.
“El hombre se llena de símbolos
con quien sabe que intenciones”… Murmuró el viejo a un costado del mirador,
quien hasta el momento había simulado estar absorto con las delicias del paisaje
Vaticano.
Debe haber sido muy doloroso aceptar
la culpa. Comentó uno de los interlocutores que parecían saber mucho acerca de
la historia bíblica.
¡Claro! Por eso se cuenta que
pidió ser crucificado al revés.
“Jugadas secretas de los historiadores”…
musito en medio de una picara sonrisa silbona el anciano.
Aquellos dos hombres observaron
con detenimiento al viejo y rechazaron sus murmullos con aire de desprecio a
sus comentarios.
“Ninguna piedra es tan solida” a
veces hasta la endeble hoja de un cuchillo rompe la roca”. Recitó con suavidad
oratoria el anciano que hacía amago de retirarse lleno de aires de victoria.
Uno de los hombres preguntó ¿Es acaso
Usted ateo?
No, no amigo. Sería reconocer que
lo otro existe. A mis años vemos las cosas mas claras, tememos menos a la
incertidumbre y confiamos más en nuestros ojos miopes
¿Crítico no? Dijo el otro
tertuliante.
No, no, no, Señor… Mi nombre es
Pedro.
Elio Montiel.
Píldoras para dormir conmigo
mismo- Serie de cuentos cortos
Agosto 2021.
![]() |
| Dancing Girl for rent in the Ball room. Emon. 2019. |
![]() |
| Cuento de un globo. Emon. 2020. |
Frente
a mí se encontraba mi sonriente vecino del piso bajo, hombre entrado en años, de
quien escuché como si fuera en un confesionario; su inusitada sorpresa de ver
que era una persona joven quien escuchaba tan hermosa música. Un poco
sorprendido de su sorpresa, me sorprendí invitándole a pasar a compartir un té.
Me pareció conveniente ya que en ese momento no me cuadraba un café con la
música que inundaba mi pequeño, pero acogedor y desordenado espacio.
¡Acogedor
su espacio! Exclamó. Como si hubiese estado leyendo mis pensamientos. Mi esposa
tiene todo tan ordenado en casa que a veces pienso que vivo en una vitrina,
aunque creo, que mejor es así; de esa forma ya no me perderé. Sonrió bajo sus
gafas con la mirada puesta en mi y dijo ¡Anda! ¿Y qué pasó con ese Té? Sonreí
ante su graciosa confianza y fingí salir corriendo a calentar el agua.
Se
sentó en mi sofá, apartando con desenfado los libros y papeles que se
encontraban en él y me dijo como quien cuenta un secreto. Es que soy un poco
sordo ¿Sabe? Y mejor me pongo cerca para escucharle. Inmediatamente mi ahora
nuevo amigo preguntó. A ver, ¿Cómo se llama esa pieza tan hermosa que escuchaba
hace unos momentos? Le sonreí mientras observaba su expresión curiosa por lo
que de repente me pareció una versión “vintage” de mi querido Momo.
Le
dije “17 momentos de primavera” mientras colocaba el agua hirviendo en la
tetera con filtro que me había regalado mi amigo José Francisco.
¡Hermosa!
Dijo. Apagando la voz.
Es
de un compositor ruso, Mikael Tariverdiev Dije.
¡Ruso!
Dijo un poco apagado. Muy buenos los músicos rusos sentenció…
¡Excelentes!
Asentí. En particular esa pieza me llega profundamente le dije con tono
reflexivo. Amo las notas nostálgicas y ligeras que posee.
Le
serví el Té y me agradó ver su sonrisa, creo que lo estaba disfrutando. Sostuvo
por un momento la taza y luego me dijo. ¿Podría escucharla nuevamente? Yo
asentí diciendo, será un placer, ¡moría porque me lo pidiera! Le dije mientras
le servía una galleta que había sacado de la alacena.
Durante
casi 5 minutos que duraba la pieza, permaneció en silencio con los ojos
cerrados. Sentí una profunda sensación de amor por este personaje con el que no
había tenido mas que el contacto de un casual buenos días por las mañanas. Al
final como si aun la música siguiera sonando dentro él me dijo. “La música es
la voz del Universo y es infinita”. Al abrir sus ojos me pareció verlos un poco
enrojecidos como cuando se contienen las lágrimas. Sus palabras lo mismo que la
música de Tariverdiev calaron en mi haciendo que unas lágrimas salieran
inadvertidamente. Debo reconocer que me sentí profundamente emocionado con su
presencia y sentí también que mi día estaba completo.
Llamaron
nuevamente a la puerta. Era la nieta de mi visitante que al darse cuenta de que
su abuelo estaba conmigo exclamó. ¡Abuelo! ¡He estado buscándote por todas
partes! Un poco atravesado en el camino de la chica, le dije que lo había
invitado a tomar el Té y a escuchar música. ¡Es que se pone muy pesado! Respondió
con fastidio la chica. Mi anciano amigo se levantó calladamente y me pidió
disculpas por las molestias. Yo le dije, que de ninguna manera habían sido molestias
y que coincidía con él en cuanto a que la música era la voz del universo a lo
que agregué:
Si
cambia su voz, cambia el alma, cambian también sus verdades… Su voz es y será
siempre el manantial donde navegan sus emociones y deseos, sólo debe elegir la nave
en la que quiera viajar.
Mi
nuevo amigo me abrazó y se despidió siguiendo con calma los ágiles pasos de su
nieta.
Cerré
la puerta, volví al sofá y repetí una vez más 17 momentos de primavera para
acompañar a mi amigo en el camino hasta su casa.
Elio
Montiel
Para Píldoras para dormir conmigo mismo
![]() |
| Arqmdala IV. Emon. 2021 |
![]() |
| Frontera II. Emon. 2021 |