Saint. Emon. Digitalart 2021 |
En el árbol de todas las luces se encontraban
los espíritus de las personas que habían vivido en el pequeño pueblo de
Santorales; llamado así porque las personas que lo habitaban solían dedicar sus
vidas a enseñar a valorar las vidas de otros sin distinción de especie o
condición alguna. Para todo habitante de Santorales, cada cosa existía porque
había un lugar para ella.
Como “buenas gentes” que eran, solían creer en
augurios y profecías. Una de ellas rezaba que si alguna vez el árbol dejaba de
iluminarse podría desatarse una gran tragedia que acabaría con Santorales, los
pueblos circunvecinos y aún más allá de sus fronteras conocidas.
La familia Hospedales, tenía a su cargo la
protección del árbol desde tiempos inmemoriales y eran una especie de patronos
del pueblo. Cuentan que el árbol de todas las luces era el producto de la
sangre de los familiares fallecidos en el pueblo; vinculados históricamente, por
fortuna de las uniones y parentescos que se establecieran al pasar los años, y
que al fallecer, subían en forma de luz incandescente por la colina hasta
llegar al prado donde se unían al árbol
La vida transcurría apaciblemente en aquella
región donde todos los días podía verse al árbol de todas las luces, prodigar
con su resplandor a todos los pobladores, desde lo alto de la colina que
enseñoreaba el pueblo desde tiempos en los que según narran los santoraleños
llegaron a esas tierras los hermanos Hospedales, quienes fueran en principio
los propietarios de largas extensiones de terreno por derecho fundacional.
Luego de la muerte de algunos de sus miembros
por una extraña enfermedad, los Hospedales, entre muchas otras decisiones, se
comprometieron a sembrar un árbol en homenaje a los caídos por la enfermedad
que azoló a la familia y a compartir las tierras con otras familias que iban
estableciéndose en las cercanías.
Cuentan que por aquellos días comenzaron a
verse pequeñas luces como brazas que se agrupaban en el árbol con cada
fallecimiento que acontecía y que durante las noches una breve luminiscencia se
desprendía del árbol sembrado por la familia en los primeros años, lo cual era
la principal atracción para los viejos y nuevos pobladores del lugar.
Lo cierto es que el árbol se robustecía día con
día y su luminiscencia solo aumentaba cuando había un fallecimiento, bien de un
miembro de la familia Hospedales, bien de algún otro habitante del pueblo. Tal
descubrimiento fue hecho por Bienvenido Hospedales, quien notó la relación
entre los fallecimientos y la aparición de nuevas luces en el árbol.
Relató Jacinto, el hijo menor de Severiana
Hospedales, que pudo ver una madrugada muy temprano, como subía hacia la colina
una pequeña llamarada que se fundió con el árbol. Al aclarar el día, supo que
el Maestre Bernardo quien en su juventud fuera marinero, había fallecido
durante la noche cercana a la hora del gallo. Dijo Jacinto que fue esa mas o
menos la hora en que vio subir aquella pequeña llama que atizó la luz del árbol
durante unos segundos.
Varias generaciones de Santoraleños fueron
testigos de tales eventos y el aumento del fulgor que daba nombre al árbol. Ya
todos en el pueblo estaban enterados de esa particularidad que termino convirtiéndose
en una especie de verificación de fallecimiento el hecho de ver subir hacia la
colina una flama que concluía su camino en el árbol de todas las luces.
Las discusiones giraban en torno a si era el
alma, el espíritu, la esencia, la energía de los difuntos… Los menos crédulos
simplemente pensaban que podía ser la energía de la vida convertida en fuego.
Los amigos de filosofar solían argumentar que mas bien era la confirmación de
la transformación de la existencia en algo más profundo de lo que se alimentaba
el universo. Severiana, la más vieja y matrona de los Hospedales, explicaba que
eran, las almas en pena de quienes no habían culminado su misión para con el
pueblo y que por esa razón mantenían esa llama como recordatorio para quienes
en vida olvidaban su responsabilidad de los unos con los otros. Tal era la
función del árbol de todas las luces.
Aun cuando todo esto era una experiencia local,
con el paso de los años fue haciéndose conocido fuera de los límites de
Santorales, atrayendo cada vez más y más curiosos que querían conocer el
fenómeno, e incluso algunos visitantes convirtieron Santorales en su residencia
permanente. Motivado a esto las supuestas apariciones de ángeles, seres
extraterrestres y demonios, no tardaron en sumarse al repertorio de fábulas e
historias de Santorales; tanto fue así, que hasta los mismos santoraleños
comenzaron a olvidar las raíces de su propia historia y la iglesia que nunca
había existido en el pueblo apareció para hacerse cargo del nicho de beneficios
que tantos extraños acontecimientos podrían brindar a sus causas.
Severiana Hospedales advertía una vez sí, y
otras también, que podía estarse acercando el cumplimiento de una profecía que
le había sido confiada a la muerte de su madre. Recordó las palabras de su
madre en el lecho de muerte. Severiana… hija. La voz asfixiada de la madre le
decía. “La tragedia es el silencio y el
olvido…”
La hija menor del Maestre Bernardo supo de boca
de Severiana aquellas últimas palabras de la madre y le planteo a Severiana la
idea de buscar a alguien que escribiera la historia de Santorales. Dijo segura.
Si la profecía es el silencio y el olvido, que mejor que escribirla y hacerla
pública, quizás de esa manera perdería efecto la profecía y no tendrían nada
que temer.
A pocos días de la conversación de Severiana y
la hija del Maestre Bernardo. Un Turista curioso ascendió a la colina para ver
el árbol que ahora, también parecía haber adquirido propiedades sanadoras según
contaban algunos visitantes.
Jacinto Hospedales decía que en todos los años
de su vida jamás había sido testigo de algo como eso y que todo parecía tener
visos de algún tipo de estratagema con la que se beneficiaría algún interesado;
algún “avispa‘o” de fuera del pueblo.
Ese mismo día por la tarde, encontraron el
cadáver del Turista que al parecer rodó accidentalmente por la cuesta empinada
de la colina y se partió el cuello. Nadie supo del acontecimiento porque no
vieron ninguna luz escalando hacia el árbol; por el contrario, les pareció que
el árbol había perdido luminiscencia. La aparición del cuerpo del turista y la
supuesta perdida de luz del árbol, causo una gran conmoción entre los viejos
habitantes del pueblo que estimaron prudente acudir a la casa de los Hospedales
y consultar a Severiana sobre lo acontecido.
Diga Usted Severiana, ¿qué es lo que puede
estar pasando? La vieja matrona buscó los ojos de la hija de Bernardo entre los
asistentes y asintió en silencio, haciendo que ésta saliera del lugar donde se
encontraban los congregados.
Una semana más tarde llegaría al pueblo Carlos
Cayetano Bustamante. Un periodista de la ciudad al que Diana Isabel, la hija
menor del Maestre Bernardo había logrado llamar la atención con la historia del
pueblo. Su motivación además del fantástico relato de Diana había sido la
atractiva recompensa que recibiría y que había sido acordada por Severiana y
algunos otros miembros de la familia.
Así fueron pasando los días; el Sr. escritor
como llamaban a Carlos Cayetano había estado visitando los lugares relacionados
con los incidentes y entrevistando a los nativos de Santorales. Por las noches
se reunía con algunos locales en un rancho que usualmente hacía las veces de
expendio de bebidas espirituosas y desde donde salía totalmente borracho.
Dormía casi hasta la hora del almuerzo y de allí se sentaba a escribir la “información”
que había recaudado, y que rellenaba con avezada pluma con toques de misterio e
historia amarillista que sabía le granjearía algo más que la suma acordada con
los Hospedales.
Llegó el día de entrevistar a Severiana, quien
aguardaba al “Sr. Escritor” en uno de los corredores externos de la casa donde
había hecho colocar su mecedora, una mesa de apoyo con su cesta de tejido, una
butaca y una mesa de servicio para el café.
¡Sra. Severiana! Se adelantó con la mano
extendida al ver a la vieja Matrona que se aproximaba por el corredor. ¡Sólo
Severiana! Dijo la anciana mujer. Aquí todos me tutean, no tiene por qué
edulcorar su entrada. Ya sé lo que hace y estimo que estoy un poco
decepcionada. Usted, simplemente se ha dado la gran vida a costas de la
preocupación y el temor de los ancianos del pueblo a la profecía. He leído sus
escritos y no son más que meras impresiones de mercader barato que busca
ganarse unas cuantas monedas de plata. Santorales merece mas que un simple
cuento de ultratumba que es lo que usted narra en esos papeles panfletarios. ¡Váyase
del pueblo! Porque por lo que estoy viendo su luz no subirá al árbol.
Carlos Cayetano, el escritor, había quedado en
letra minúscula ante las acusaciones de Severiana, quien no por vieja, perdía
la sagacidad carácter y empuje que había sido su marca de familia desde los
tiempos de la fundación. ¡Váyase! Ya no hay remedio para el pueblo. La profecía
ya echó a andar con el pobre turista que encontraron muerto en la colina. No me
había dado cuenta hasta que leí su panfleto; correo de medias verdades y
mentiras inconclusas que colaboran a que se siga extinguiendo nuestra historia
nuestras tradiciones y la memoria de los fundadores. Es así, como mueren los
pueblos. ¡Váyase cantamañanas!
El escritor salió casi alzado por las palabras
de Severiana sin decir palabra o al menos frase que se entendiera. Tropezó con
una saliente del piso de madera y cayó de espaldas produciendo una de las
últimas carcajadas que se escucharían en aquel caserón de los Hospedales.
¡Martina! Llamó la vieja matrona a aquella
mujer de servicio de la Casa Hospedales quien fuera su comadre y compañera de
años. ¡Avisa a Jacinto que se cierra esta casa! ¡que se cierra el pueblo!... y
casi mordiéndose los labios dijo. ¡Que se cierra la vida!
***
Nubes grises pacían inmóviles sobre las
montañas. Viejos caminos convertidos en trochas que parecían laberínticas y sin
dirección alguna habían cedido a la fuerza de los matorrales. Una colina que
parecía desvanecerse entre la niebla remarcaba el horizonte.
¡Matorral y bichos es lo que se consigue por
aquí! Dijo el hombre que seguía al que portaba el filoso machete con el que
arrasaba el monte. Una voz entre cortada por el cansancio, se escuchó detrás de
los dos primeros, diciendo. Cuentan las malas lenguas que aquí había un pueblo,
pero hasta ahora no he visto nada en kilómetros que se me asemeje a un centro
poblado. Lo que sí está claro es que se ve que es tierra fértil y continuó
diciendo. Cuando lleguemos… si es que llegamos a la falda de la colina,
instalamos el GPS para hacer las mediciones y la locación del área… porque esto
no sale en el mapa.
Dedicado a aquellos de más de cincuenta
Elio Montiel
Para Píldoras para dormir conmigo mismo.